Por: Julieta Loaiza Montes
Jean Racine ( La Ferté XII 22 de 1639 – París IV 21 de 1699), dramaturgo francés, escribió “Fedra”, obra de teatro aparecida en 1677. Se reseñará este drama y para ello se ha tomado la edición de 1994 de Editorial Planeta, S.A. cedida a RBA Coleccionables, S.A. Barcelona. 77 ps.
El escritor francés a quien se considera uno de los mayores autores de la tragedia clásica, logra, al seguir la huella de su antecesor Pierre Corneille, al que imita en sus inicios con sus dos primeras obras, “La Tebaida” y “Alejandro Magno”, ser considerado uno de las más grandes representantes de la tragedia clásica en Francia. En sus obras, basadas en los clásicos griegos y romanos, transforma los personajes, humanizándolos al punto de alejar en cierto grado la influencia de los dioses sobre su destino. Algunas diferencias de forma se aprecian también en las tragedias de Racine con respecto a las de los autores antiguos.
“Fedra” de Racine, retoma el tema de la mitológica hija de Minos y de Pasifae, casada con Teseo y enamorada de su hijastro Hipólito.
Teseo, gran guerrero y conquistador, se ausenta de su casa un gran tiempo y su esposa, Fedra, queda sumida en un gran dolor por un secreto que poco a poco la lleva a la desesperación. Su nodriza para ayudarle, hace que le confiese la razón de sus deseos de morir y al saberla, la induce a revelar la verdad a su hijastro Hipólito de quien está enamorada, pasión que la arrastra y que contiene con gran sacrificio, debido a su remordimiento por el evidente pecado que le atormenta y por el temor que le produce el castigo al que puede ser sometida. En este drama, la fuerza de los acontecimientos recae sobre Enone, la nodriza, a quien se le descarga toda la responsabilidad de los sucesos. Hipólito recibe la confesión de Fedra con gran asombro, pues cree que su madrastra le odia. Él a su vez está enamorado de su prima Aricia, amor también imposible por ser ésta de una estirpe enemiga de Teseo. Hipólito con intención de salir a buscar a su padre, decide despedirse de su prima, pero alguien da la noticia de que Teseo ha muerto e Hipólito le confiesa su amor a la desdichada prisionera, amor que es correspondido. Pero Teseo regresa y con su llegada todo se desata. Fedra, con remordimientos por su amor incestuoso teme ser deshonrada ante los ojos de su marido y vuelve a desear la muerte, mas, su nodriza la convence para acusar a Hipólito de haber intentado tomarla a la fuerza, y así el inocente es acusado ante su padre, que lleno de cólera le destierra y pide su muerte a Neptuno. Hipólito, en su defensa confiesa su amor por Aricia, pero su padre considera esto como una artimaña del hijo para librarse del castigo engañándole de nuevo, y no se retracta de su decisión. Hipólito, le propone a Aricia que huya con él al destierro con la promesa de casarse con ella en cuanto sea posible, pero al salir de Trecenia, ciudad donde transcurre la obra, un monstruo marino le sale al paso, es herido por el valiente Hipólito, pero con dolor y rabia cae ante los caballos que espantados se desbocan y arrastran el carruaje atropellándolo contra las rocas y destrozando todo el cuerpo del héroe, que muere enviando un mensaje a su padre con el criado, suplicando por el perdón para Aricia.
A la par de esto, Fedra recrimina a su consejera por haberle hecho caer en la tentación de confesar su secreto y por haber enredado a su amado en una calumnia que lo alejó para siempre. La nodriza se deja hundir en el mar. Terámenes narra a Teseo el accidente de la muerte de su hijo y le da el mensaje de éste suplicando por Aricia. Fedra toma veneno, confiesa la verdad de su amor a Teseo, adjudicándolo a fuerzas del cielo y culpando de todo a su criada Enone.
La obra presenta una heroína con sentimientos nobles que le impiden decidirse a amar con libertad. El sentimiento incestuoso que nació en ella es su propio tormento y cree merecer el castigo de la muerte por eso y por el engaño a su esposo. El héroe masculino también es revestido de grandes valores, lo que lo engrandece más ante la mirada del receptor; por el amor filial, se sacrifica para no causarle un pesar a su padre y para no deshonrar a su madrastra. Guarda el secreto de ésta, aún ante las súplicas de su amada que le ruega defender su honor, haciendo que su padre salga del engaño. Racine, muestra una moral bien marcada que rige el proceder de sus personajes, quienes sólo guiados por pasiones incontrolables o por motivos elevados se desvían de la norma. El adulterio, y cualquier desorden de tipo pasional tendrá su castigo. En Fedra, si la protagonista se atreve a confesar su amor por Hipólito es porque cree muerto a su esposo, Hipólito, de igual manera, declara su amor a Aricia cuando se ve libre de la presencia de su padre y la misma Aricia no accede a huir con su amado, si no la hace antes su esposa. Sin embargo, se acepta el suicidio como alternativa de castigo, acción que parece no pertenecer a las normas morales establecidas.
En la obra, la intriga va ascendiendo a medida que avanza la acción y su complejidad se funda en el carácter de los personajes que por lo diverso enredan los sucesos. Racine, muestra el amor en sus diferentes formas: El amor pasional (Fedra), el amor mesurado (Aricia), el amor filial (Hipólito), el amor servil (Enone), etc.
Los temas principales de la obra son: el incesto, el engaño, la culpa, la falta de libertad y el amor que servirán para ir articulando el destino de cada personaje.
Los personajes terminan trágicamente muertos al dejarse arrastrar por las pasiones. Fedra se suicida al ver las consecuencias de su engaño, Enona hace lo mismo al ser despreciada por su ama, Hipólito, la muerte más injusta de todas, muere al ser arrastrado por sus caballos, y si bien, no son escenas sangrientas, el final no deja de ser por eso doloroso.
El lenguaje es bien tratado en la obra. Los discursos son complementarios y fluidos, lo que permite que el sentido no se pierda. Racine tiene un estilo simple y sencillo. No es amigo de los excesos ni de los adornos. Pero, esto no oculta el lirismo de su lenguaje, sobre todo en los monólogos de cada personaje. En la obra de Racine, los personajes son pocos, y eso era exigencia del teatro de la época para que, con un número reducido de personajes, los espectadores captaran lo esencial.
Fedra, o cualquiera de las obras de Racine, son dignas de estudiarse, porque son una muestra de lo mejor del teatro francés del siglo XVII y por ser, aporte de la literatura universal, para entender la evolución de la escritura desde el punto de vista creativo.

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